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Lo que nos define

La UCIRED como intento, como esfuerzo, se sostiene en una “praxis destituyente” de lo instituido (la universidad, el sistema educativo superior, la academia). Es una praxis “destituyente” que da lugar a una frágil institucionalidad abierta, a una “institución umbral” que expresa y se organiza desde la “liminalidad”, lo liminal.

Todos las y los asesores invitados, docentes, y algunos algunas, de los integrantes de los equipos de coordinación de las maestrías y doctorado, no cobran por compartir, por dar.

El 50% de los participantes en los posgrados están “becados”: 11% con 100% de la contribución, 30% aportan solo el 66% de la contribución mensual, 9% aportan entre el 25 y el 50% de la contribución mensual. La contribución mensual es de 1,500

Completar un año escolar supone un costo de 4.5 millones de pesos entre alimentación, hospedajes, materiales educativos, viáticos de las y los invitados nacionales e internacionales, gastos de gestión escolar, mantenimiento de las precarias instalaciones, gratificación, que no salario porque con él es difícil vivir, de las compañeras y compañeros que dedican más tiempo a los posgrados. Y eso dando por descontado que no pagamos a los y las docentes, quienes como sabes dan sus clases por compartir, por dar. Cada año tenemos una diferencia de aproximadamente 2.5 millones entre lo que gastamos y las aportaciones que recibimos, así que debemos vender servicios de consultoría para lograr cubrir la diferencia.

En la conversación como un eje del aprendizaje en comunidad partimos de que:

a) todas las inteligencias son iguales, todas las personas podemos decir cosas sensatas y con sentido, y también pendejadas, pero todas y todos;

b) todas y todos somos expertos en nuestras propias vidas y no necesitamos expertos que nos vengan a decir qué hacer con nuestras vidas, aunque a veces no sepamos que chingaos hacer con nuestras vidas, pero todas y todos;

c) lo que necesitamos son espacios múltiples para conversar lo que nos es común y elaborar la experiencia de vida y aprender juntos en ese proceso.

La elaboración de la experiencia como eje del aprendizaje en la comunidad que intentamos parte de la convicción de que “no venimos aquí a saber que es la vida, venimos aquí a decir cómo nos van en la vida y decidir que queremos hacer con nuestra vida”

No renunciamos a la razón, confiamos en el conocimiento situado, en el grito como un modo de pensamiento, en la crianza de saberes y conocimientos, en la cosecha de saberes y conocimientos, en las “técnicas amorosas de la ciencia”, en el saber narrativo, en las resonancias e hibridaciones del pensamiento, en las epistemologías del fragmento Lo que promovemos e intentamos es el movimiento de un pensamiento abierto que busca lo (im)posible: una universalidad pluriversa de pensamientos, sumando y sumando y sumando, abriéndose a una interculturalidad universal siempre por conquistar. Si el pensamiento de la razón desde su surgimiento ha resultado “provinciano” encerrado en sus fronteras y campos, al mismo tiempo que dominante y avasallador, lo que hace al engaño de una universalidad de pensamiento que resulta tan violenta como triste, la construcción de otro pensamiento desde las educaciones como la nuestra ha de ser abierta, plural, siempre de suma, anhelando multitud de encuentros de pensamiento que abonen a esa universalidad pluriversa. En las educaciones populares adquiere vigencia la necesidad de “…corregir la episteme de razones absolutas y evidencias irrefutables por un pensamiento de la diversidad, la diferencia, la contradicción y de “…hacer la crítica de la razón entronizada como Ley: promover una episteme desde la “resurrección de la carne” (Fornet-Betancourt, 2006)

Lo nuestro es un desplazamiento: queremos agradecer la herencia de las y los sabios de vida, que nos dan que pensar, porque somos agradecidos y porque intentamos ser fecundos con lo que nos transmiten, lo que nos dan.

Somos un desorden del orden: no queremos estructuras y nos esforzamos para no establecerlas, eso no niega la responsabilidad en lo que hacemos, lo que intentamos es que en lo que hacemos no primen las jerarquías e instancias formales por sobre el estar juntos: que la autoridad no venga del cargo, tampoco del encargo, sino del hacer, del mirar para todos y por todas y todos, del cuidar, del acoger y del sumar.

No podemos olvidar por qué estamos aquí: No queremos ser una universidad, no queremos parecernos a una universidad, no nos esforzamos por hacer una universidad: queremos romper, romper, romper el orden de lo educativo establecido, queremos “destituir” lo educativo tal y como es, tal y como está. Y en ese esfuerzo, que sí es nuestro esfuerzo, no tenemos ni llevamos cargando una “utopía de universidad” una “utopía de educación”, solo agrietamos lo que hay y nos colocamos en las grietas para “organizar el pesimismo” y para “organizar la esperanza”, en múltiples gestos de “un entonces y un allí” que son nuestros lances, nuestros modos de crear otra cosa que lo que hay.

Por ello debemos asumir que intentamos ser una “institución umbral”: una institucionalidad que no es la vigente y la “que cuenta”, y que tampoco es una institución que está allá, en lo que aún no es: somos una “institución liminal”: una zona de pasaje, una puerta de entrada, o un lugar o momento intermedio.

Y es apasionante y agotador, porque ante todo no somos santas ni santos. Somos personas normales y comunes cada uno con nuestras miserias a cuestas y nuestras bondades entre manos. Construimos juntos desde la bondad, siempre desde lo bueno y limpio que todas y todos tenemos y aprendemos a lidiar con nuestras miserias para saber estar juntos.

Por eso no tenemos miedo a equivocarnos. Sabemos por experiencia que más vale pedir perdón que pedir permiso. ¿Y si nos equivocamos? Lo volvemos a intentar, siempre lo volvemos a intentar.

* “Praxis Destituyente” viene del Comité Invisible

** “Institucionalidad Umbral” Liminal, viene de Stavros Stavrides

Somos educadoras y educadores por profesión, por vocación, por trabajo, pero también somos educadoras y educadores porque somos personas (padres, madres, abuelos, abuelas, hijos, hijas, amigos, amantes, conocidos con otro, con otra, extraños con otros y con otras en encuentros fortuitos); nos damos cuenta que nuestros vínculos pedagógicos, las acciones de transmisión y la práctica educativa que hacemos, está colocada en el marco de un “apagón pedagógico” y de la crisis del capital (o el capital en su “lado moridor”) + en lo que hacemos, nos revolvemos y nos negamos a quedar atrapados en el apagón pedagógico y en la lógica “devoradora” del capital e intentamos junto con otros y otras, o solos, o las dos cosas, disidencias, otras maneras de hacer las cosas, y venimos aquí para encontrar a otros y otras locas que andan haciendo lo mismo 

Proponemos una relación educativa que no esté organizada como producción del otro sino como posibilidad de la propia y mutua elaboración de los que participan en la relación. Proponemos en la educación una relación de donación: del dar la palabra y la escucha en la conversación, de los que hacen un saber estar juntos al conversar y decidir hacer cosas en común.

Para nosotros la educación desde el don, desde el dar (se) se presenta “sin tiempo”: es un dar sin tiempo programado, es “asunción”, asombro en el sentido de re-conocimiento de lo que no estaba en mi y, por tanto, aparece como “revelación”, como lo que “adviene”. Y lo que adviene no tiene tiempo para darse, no tiene programa: es asombro que no se sabe cómo ha de llegar, que tiene, siempre, un tiempo imprescriptible en cada quien.

“Lo que más sorprende, de entrada, en una comunidad de aprendizaje como la del CESDER y la UCIRed es la libertad con la que se emplea y se comparte la palabra. Lejos de funcionar como un código para identificar ideologías, identidades o jerarquías académicas, cada palabra es una invitación a ir más allá. La palabra libre no es la que puede decir cualquier cosa, sino la que es capaz de acoger la del otro sin prejuicios. Una palabra capaz de acoger y de escuchar, de tomarse y de retomarse allí donde crece y sirve, es una palabra liberada. Impresiona llegar con conceptos largamente trabajados en otro contexto de interlocución y ver cómo son enseguida apropiados para encarnar otros mundos y dar voz a otras experiencias.

El milagro de la palabra se hace carne: tiende puentes y pone vidas en relación. Vivimos vidas distintas, nos esperan muertes diferentes, nos acechan luchas diversas, pero los problemas son compartidos. Por eso pensar es dejarse implicar en problemas comunes, más allá y más acá de los límites de cada asunto particular. Por eso podemos preguntarnos y respondernos cómo nos va en la vida y recibir algo más que narraciones biográficas. Precisamente gracias a esta libertad, en la comunidad abierta del CESDER/UCIRED la palabra circula entre generaciones, entre hombres y mujeres, entre indígenas, mestizos y blancos, entre personas de formación muy diversa y de contextos de vida muy alejados”

Marina Garces